El CUERPO en la Filosofía

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DEFINICIÓN DECUERPO:

Según la RAE, cuerpo, del latín corpus, el término cuerpo tiene varios usos. Se refiere, por ejemplo, a algo que posee tamaño limitado y que es apreciable por los sentidos, al grupo de sistemas orgánicos que conforman un ente vivo, y a la espesura o densidad de los líquidos.

El cuerpo humano está compuesto por la cabeza, el tronco, las extremidades superiores (brazos) y las extremidades inferiores (piernas).

Aunque todos los seres humanos cuentan con los mismos miembros, existen clasificaciones acerca de la forma de los cuerpos. Así, por ejemplo, se habla de los cuerpos rectangulares que son aquellos que tienen un tamaño de hombros idéntico al de la cintura, es decir, se trata de cuerpos rectos, sin curvas. De la misma forma están también los cuerpos de forma de guitarra que son aquellos que se identifican por cinturas estrechas y hombros y caderas de idénticas medidas. Tampoco nos podemos olvidar de los cuerpos de forma de pera, llamados así porque, al igual que sucede con dicha fruta, tienen la parte superior menos ancha que la parte inferior. Es decir, las mujeres que tienen el cuerpo de pera son aquellas que poseen unas caderas muy anchas. El cuerpo de forma ovalada, que se identifica por una cintura ancha, y el cuerpo de triángulo invertido son otras de las clasificaciones existentes para definir a los diversos tipos de cuerpos humanos. En concreto, el último citado se define por el hecho de que se trata de personas que cuentan con unas espaldas muy anchas y una cintura y caderas muy estrechas. Un perfecto ejemplo de este tipo de forma es el que tienen los nadadores.

 

https://definicion.de/cuerpo/

 

La Diferentes perspectivas teóricas se han desarrollado en relación al cuerpo, muchas fueron planteadas históricamente como verdades científicas, filosóficas y antropológicas. a continuación hacemos un repaso de las principales corrientes de la filosofía, teología y la ciencia en relación a lo que es el cuerpo humano con el fin de acercarnos a la idea actual del cuerpo y por consiguiente que tenemos en occidente sobre el cuerpo:

 

El cuerpo en Grecia.

Platón mantuvo una concepción antropológica del cuerpo dualista, pues propone que el hombre está compuesto de alma y cuerpo, pero esas dos realidades no están unidad de manera esencial sino accidental como un conductor (alma) a su vehículo (cuerpo). Mientras que el alma es inmaterial e inmortal, el cuerpo es material y está sujeto a la corrupción física y en último término la muerte (Alegoría del carro alado).

Platón desvaloriza el mundo de la materia; de su doctrina procede la imagen del cuerpo como cárcel del alma. Priorizando el mundo de las ideas y de la razón al mundo de las pasiones y emociones.

Aristóteles discípulo de Platón, se distancio de su idealismo para elaborar un pensamiento de carácter naturalista y realista. Defendiendo la posibilidad de aprender la realidad a partir de la experiencia. Así pues, en contra de las tesis de su maestro, consideró que las ideas o conceptos universales no deben separarse de las cosas, sino que están inmersos en ellas como principios informantes de la materia.

 

Aristóteles rechaza la teoría platónica de las Ideas separadas de los entes de este mundo. Lo verdaderamente existente no son los “reflejos” de las Ideas, sino los entes individuales, captados por la inteligencia y en los que reside el aspecto universal. En todo ser se da la sustancia (ousìa, esencia de cada ente individual subsistente en sí mismo) y el accidente (cualidad que no existe en sí misma sino en la sustancia). La sustancia permanece más allá de todos los cambios accidentales que experimente.

Las sustancias sensibles se hallan constituidas por dos principios: materia, que dice de qué está hecha una cosa, y forma, disposición o estructura de la misma. Esta doctrina se denomina hilemorfismo o teoría hilemórfica (de híle, materia, y morfé, forma). La materia es el substrato general de toda sustancia corpórea, y de ella derivan las propiedades físicas comunes a todos los cuerpos, pero, por si sola, ni siquiera es cognoscible: es imposible experimentar una materia no determinada, no incardinada en una forma. La materia es un principio indeterminado que adquiere su determinación gracias a la forma; la forma es el principio determinante que hace que la materia sea lo que es. Ambos principios son inseparables.

Pero para Platón las ideas son trascendentes: se hallan en un mundo aparte, el mundo de las Ideas, y los seres del mundo sensible (el nuestro) son meros reflejos de las Ideas. En Aristóteles sólo existe el mundo sensible; la materia y las formas sustanciales son dos principios constitutivos que residen en los mismos seres, es decir, son inmanentes.

La doctrina hilemórfica se aplica también a los seres vivos: se componen de materia (el cuerpo) y de forma (el alma). El alma es el principio vital que realiza una potencialidad de la materia: constituir un ser vivo. Aristóteles distingue tres clases de alma: vegetativa (propia de las plantas, pero presente también en los animales y en el hombre), sensitiva (propia de los animales y del hombre) y racional (exclusiva del hombre). Ésta tiene tres características: es causa del movimiento del cuerpo, conoce y es incorpórea.

https://www.biografiasyvidas.com/monografia/aristoteles/filosofia.htm

 

La teológica cristiana

 

La confluencia del cristianismo con la cultura griega aporta otras notas de consideración, esta vez de índole teológica. Se recata de la filosofía platónica la permanencia de alma con la corrupción del cuerpo, junto con la bondad que a partir de Aristóteles se le concede. El cuerpo y el alma son vistos como constitutivos sustanciales e inseparables de la onticidad humana. Ambos, a diferencia de Platón, tienen su origen en el Dios bueno y creador, y como tal, según la teología del Gñenesis, han de ser considerados buenos y no malos como toda la creación. Las fuerzas desordenantes y pasionales que hacen guerra y obstaculizan los ideales y las decisiones del alma dejan de ser atribuibles genéticamente al cuerpo, para darle un origen plenamente humano. Es el hombre entero y no sólo el cuerpo quien en pleno ejercicio de su libertad, y abusando de ella, desobedeció responsablemnte a los designios de su Creador. Y por el pecado del hombre entró el desequilibrio interior, por lo que el mismo experimenta la impotencia y la debilidad, al verse arrastrado a hacer aquello que no quiere y dejar de hacer aquello que si quiere. No solamente el cuerpo deja de verse como la cauda constitutiva parcial de la perdición y la destrucción humana, sino que es elevado al titulo de “divino” por participación; es considerado morada de Dios, templo vivo del Espíritu Santo; redimido por el Dios hecho hombre quien honró al cuerpo haciéndose también cuerpo como nosotros; y al resucitar abre el camino y garantiza la glorificación del cuerpo en una futura resurrección carente de muerte, enfermedad o corrupción.

 

La filosofía de la cristiandad y de Jesucristo con respecto al cuerpo es paradójica. Para el cristianismo cuerpo y alma están separadas, pareciendo un dualismo de carácter platónico, pero esto queda en entredicho en el objetivo radical del Nuevo Testamento, la encarnación de Dios en el hijo del Hombre, ósea, en el Hombre.  En efecto, la filosofía jesuánica es una filosofía paradójica, cuya clave es el pensamiento crucífero o filosofía de la cruz: la cual es, según san Pablo, la auténtica cruz de todo pensamiento o filosofía racionaloide. Y es que la cruz cristiana simboliza el encuentro paradójico o encrucijada de los contrarios: la vida y la muerte, la muerte y la resurrección, la inmanencia y la trascendencia, la horizontal y la vertical.

Ahora bien, en la cruz cristiana la mediación de los contrarios está personificada o encarnada por el propio Jesús que, cual Cristo-Hermes, media/remedia lo humano y lo divino, lo material y lo espiritual, a modo de Alma del mundo cuya clave simbólica es la aferencia o el amor de los contrarios (simbolizados por el buen ladrón y el mal ladrón, el bien y el mal, Dios y lo demoníaco).

El simbolismo sagrado del pan y del vino reconvertido en cuerpo y sangre de Cristo es el arquetipo de semejante simbolización cristiana donadora de sentido al mismo sinsentido, como lo muestra en el límite la muerte que se sobrepone a toda contingencia temporal en nombre de las transtemporalidad eterna. Lo cual no deja de tener un sentido a la vez religioso y pagano, judío y helenístico, ya que en la muerte pasan a mejor vida los que no se han identificado con el mundo (corrupto), mientras que los mundanos pasarán sin duda a peor vida…

Intrigantemente la simbología cristiana que da sentido al sinsentido, así como vida eterna al tiempo mortal está significada cristianamente por la resurrección, resurrección que filosóficamente es una resuscitación simbólica frente a la muerte. Curiosamente esta resuscitación simbólica se adscribe específicamente en los Evangelios a las mujeres del entorno de Jesús, que son las que lo siguen bajo la cruz hasta su resurrección; lo cual procedería del carácter pro-creador de sentido propio de la mujer.

Al respecto resulta interesante la afirmación tradicional de que el reino de Dios vendrá “cuando el dos sea uno”, como se dice en la Segunda epístola de Clemente XII, 2-6. Tanto en el Evangelio de Tomás como en el Evangelio de los egipcios se habla de sobrepasar el dualismo y la dualidad, la división; en este último texto Jesús propugna que “los dos vengan a ser una sola cosa, y el varón junto con la hembra no sea ni varón ni hembra”.

La filosofía paradójica de Jesús recorre así su vida y obra, su doctrina de profeta escatológico y sus curaciones de sanador carismático; no era ciertamente un sacerdote, clérigo o eclesiástico, sino un cura, curandero o curator. Se trata de un ortodoxo heterodoxo o heterodoxo ortodoxo, de un laico sacerdotal o rabí laical, de un hombre viril de alma femenina y de un pacífico violento, de un judío galileo o liberal y de un exaltado radical humilde, de un asceta místico y de un amante traicionado.

Por otra parte, la simbología de su curso y discurso es un diálogo de contrastes al preconizar ser como la paloma y la serpiente, como el pan y el vino, como Pedro y Juan. Su figura contrasta el fuego y el agua, la tierra y el viento, la introversión y la extroversión, la vida y la muerte, la crítica y la fe, lo sublime y lo trágico. Acaso sus divisas más incisivas sean la libertad transitiva o transeúnte junto al igualitarismo social, la salvación a través de la pérdida o el fracaso y el amor a los enemigos, la bienaventuranza de los que sufren y padecen.

Aquí radica el gran escándalo del cristianismo originario, el colocar junto a la razón ilustrada el corazón iluminado. Por ello el cristianismo es una religión del corazón, y por eso Jesús el Cristo es el genio del corazón, ósea se, del cuerpo.

http://blogs.periodistadigital.com/fratria.php/2013/09/07/la-filosofia-paradojica-de-jesus-de-naza

 

Baruch Spinoza S XVII

 

Spinoza revolucionó la forma de entender la relación entre mente y cuerpo en la filosofía moderna. Decía en su Ética:

Y el hecho es que nadie, hasta ahora, ha determinado lo que puede el cuerpo, es decir, a nadie ha enseñado la experiencia, hasta ahora, qué es lo que puede hacer el cuerpo en virtud de las solas leyes de su naturaleza, considerada como puramente corpórea, y qué es lo que no puede hacer salvo que el alma lo determine. Pues nadie hasta ahora ha conocido la fábrica del cuerpo de un modo lo suficientemente preciso como para poder explicar todas sus funciones, por no hablar ahora de que en los animales se observan muchas cosas que exceden con largueza la humana sagacidad, y de que los sonámbulos hacen en sueños muchísimas cosas que no osarían hacer despiertos; ello basta para mostrar que el cuerpo, en virtud de las solas leyes de su naturaleza, puede hacer muchas cosas que resultan asombrosas a su propia alma. Además, nadie sabe de qué modo ni con qué medios, el alma mueve al cuerpo, ni cuántos grados de movimiento puede imprimirle, ni con qué rapidez puede moverlo. De donde se sigue que cuando los hombres dicen que tal o cual acción del cuerpo proviene del alma, por tener ésta imperio sobre el cuerpo, no saben lo que se dicen, y no hacen sino confesar, con palabras especiosas, su ignorancia… (Ética, parte III, proposición II, escolio.)

Baruk o Bento Spinoza fue uno de los filósofos de la ilustración menos conocidos si lo comparamos por ejemplo con Descartes, coetáneo suyo y vecinos ambos de Amsterdam. Lo cierto es que las ideas cartesianas (Cogito. Duda metódica. Método cartesiano. Sistema de pensamiento que acentúa el papel de la razón en la adquisición del conocimiento, en contraste con el empirismo, que resalta el papel de la experiencia, sobre todo el sentido de la percepción) han tenido mucho más éxito – a pesar de ser falsas- que las spinozianas.

Se opuso también a su colega Descartes en su idea esencial: materia y mente eran la misma cosa, procedían ambos de una misma esencia. Spinoza era un monista radical, y para él la mente no era sino la idea que manteníamos sobre el cuerpo (Spinoza no habla del cerebro sino del cuerpo). El cuerpo es tan constitutivo de lo humano como el alma, «alma y cuerpo son una y la misma cosa».

En primer lugar es pertinente destacar que Spinoza es uno de los primeros filósofos de la modernidad que se ocupa de pensar el cuerpo en la política, y que para hacerlo rompe con la presunción clásica de la oposición entre cuerpo y alma como dos sustancias que constituyen al hombre de las cuales la parte esencial sería el alma. En cambio, para Spinoza el cuerpo y el alma son dos modos del mismo cuerpo, “alma y cuerpo son una y la misma cosa”1. Esta concepción de la unidad cuerpo y alma establece además una relación de concomitancia, a saber, lo que siente el cuerpo es concomitante a lo que piensa el alma y lo que piensa el alma es concomitante a lo que siente el cuerpo, por lo tanto “un cambio en el estado de mi cuerpo no causará un cambio en el estado de mi mente; es ya un cambio en mi mente”2.

Spinoza resuelve de otra manera la discusión que había planteado Descartes respecto a la comunicación entre el alma y el cuerpo, puesto que cada atributo sigue en la expresión de sus modos el mismo orden y necesidad, pero ningún atributo se comunica con los otros atributos, como lo hemos explicado anteriormente. No es pertinente hablar, por lo tanto, de una acción causal entre modos de distintos atributos, puesto que “el orden y la conexión de las ideas es el mismo que el orden y la conexión de las cosas”3.

De ahí que la comunicación sólo se pueda dar entre modos del mismo atributo: el alma con los modos del pensamiento, esto es las ideas, y el cuerpo con los modos de la exten­sión, es decir los cuerpos4. En este sentido, no se trata de una comunicación entre atributos, sino del orden y conexión idénticos de cada uno de ellos en la expresión de sus respectivos modos. Así se establece una distinción cualitativa entre los atributos, y no una distinción cuantitativa, y por ende no cuantificable. Es decir, Spinoza considera que alma y cuerpo son dos aspectos de una realidad única: el aspecto extenso y el aspecto racional, el uno accesible por medio de los sentidos y el otro accesible por medio del entendimiento. De esta manera vuelve a insistir en que sólo existe una única sustancia, pero que el entendimiento infinito entiende esa única sustancia bien bajo el atributo extensión o bien bajo el atributo pensamiento. Además, esto quiere decir, como lo señala en el escolio b de la proposición 7 de la segunda parte, que Dios es la causa de todas las cosas, sean ellas modos del atributo pensamiento, o sean modos del atributo extensión, y que el orden causal en el seno de cada atributo debe ser explicado por ese mismo atributo.

Ahora bien, de acuerdo con esta explicación, podemos preguntarnos ¿Qué es el hombre en el orden natural? Y la respuesta a este interrogante la encontramos en el Corolario de la Proposición 13: “el hombre consta de alma y cuerpo, y el cuerpo humano existe tal como lo sentimos”5. En esa constitución, el cuerpo es concebido como el objeto del alma, con lo cual Spinoza vuelve a insistir que el orden necesario con que sucede algo en el cuerpo es el mismo que el orden necesario con el que se conoce en el alma, pues, como queda claro desde el axioma 6 de la primera parte: “la idea verdadera debe concordar con su objeto ideado”. De tal manera que, aun si no puede hablarse de comunicación, ni por consiguiente de causalidad entre modos de atributos distintos, se presenta una correlación mediante el paralelismo que se da entre dichos modos. Así, “alma y cuerpo son una y la misma cosa”6. Empleando la explicación de Deleuze podríamos decir que lo que cambia es el punto de vista, posición que queda explícita en la proposición 2 de la Tercera parte cuando Spinoza sostiene que “ni el cuerpo puede determinar al alma a pensar, ni el alma puede determinar al cuerpo al movimiento ni al reposo, ni a alguna otra cosa”

De esta manera todo lo que sucede en el cuerpo tiene una correspondencia ‘mental’, es decir, que todo lo que sucede en el cuerpo es comprensible. Sin embargo, que sea compren­sible no significa que nosotros lo comprendamos de hecho. Lo que sí es claro para nosotros es su existencia, como lo señalaba la cita del Corolario de la Proposición 13 del libro 2: “el cuerpo humano existe tal como lo sentimos”. De esta manera Spinoza se aparta de la duda racionalista que desconfía de los sentidos, hasta llegar incluso a poner en duda su propia existencia bajo la metáfora del “cerebro suspendido”, para Spinoza la certeza de la existencia del cuerpo es indudable. Aunque esto no significa que tengamos una comprensión adecuada del cuerpo, que lo entendamos de manera adecuada, pues si el alma es la idea del cuerpo, no es la idea que nosotros tenemos de nuestro cuerpo, sino la estructura racional que lo articula como un juego de fuerzas. Por eso el alma es la idea ‘que Dios tiene’ del cuerpo, es decir, la estructura racional del mismo. Así, tal como lo explica Smith:

un cambio en el estado de mi cuerpo no causará un cambio en el estado de mi mente; es ya un cambio en mi mente. El mundo de los cuerpos y el mundo mental no son dos mundos diferentes, sino el mismo mundo, aunque descrito desde dos puntos de vista diferentes.

Otra característica de esta nueva concepción del cuerpo permite comprender la singu­laridad de cada hombre por el cuerpo, en este sentido se puede entender el cuerpo como el fundamento de la diferencia entre los hombres. El cuerpo como principio de libertad en Spinoza. IVÁN RAMÓN RODRÍGUEZ BENAVIDES

https://pacotraver.wordpress.com/2013/09/08/spinoza-y-el-problema-mente-cerebro/


La Ilustración: El Marques de Sade. “Saberes sobre el cuerpo” Geografía del cuerpo.

En el siglo XVIII ilustrado, entre aguas postcartesianas, el cuerpo y el instinto es lo perdido por la larga diatriba cristiana contra la sexualidad como sensualidad no reproductiva. El eros como vida de lo sensual intenso es lo sepultado por la inquina sacerdotal contra lo corpóreo.

Sade enunció con desnudez, minuciosidad y precisión lo que comúnmente se calla, y con ello amplió los límites, no de lo que puede hacer el cuerpo -que actúa de todas formas esté o no prohibido lo que hace- sino los límites del lenguaje, de lo que la voz puede decir acerca de lo que el cuerpo hace. Esa fue, es, su innovación y su osadía.

Esa materia en estado de movimiento perpetuo es lo único que existe; no hay Dios. Dios es un absurdo en el que sólo creen los niños; la religión es un conjunto de supersticiones que sirven a unos hombres para dominar a otros mediante la esperanza en el futuro o el temor a males mayores; Jesucristo fue un charlatán que dio lugar a una fábula llena de patrañas cuyo único prodigio es haber paralizado durante siglos la razón del ser humano; el cristianismo, como diría después Nietzsche, ha sido una enorme pérdida de tiempo.

Cree que el hombre es cuerpo, máquina, conjunto de nervios y órganos, y que no existe nada parecido a lo que llamamos alma o corazón. Sensualista como Condillac, Helvetius, La Mettrie, D`Holbach o Cabanis, médicos casi todos, Sade piensa que en el hombre todo procede de las sensaciones y que el placer es una excitación en la masa de los nervios, y añade que esa excitación es tanto mayor cuanto más truculentamente transgresor y vicioso es el comportamiento sexual; el vicio da a los nervios una vibración particular fuente de voluptuosidades, y la voluptuosidad que más éxtasis depara es la que resulta del golpe que produce en el cuerpo propio el dolor de los demás.

Sade no fue un precursor del marxismo ni disparates parecidos, pero sí un hombre de extrema sensibilidad –física y espiritual– en un mundo exasperado y convulsionado, un escritor desmesurado y contradictorio que, conscientemente o no, intuyó lo monstruoso que el nuevo orden contiene o engendra. Sade no es una sombra maldita en el siglo de las Luces, es mucho más perturbador e importante que eso: es la luz sobre los cimientos sombríos y sobre la explotación de unos hombres por otros en que se asienta el proyecto científico-racional de dominio de la naturaleza mediante el trabajo y el capital.

El cuerpo que Sade presenta es materia excitable cuya única emoción es el gozo físico cuantificable, previsto y programado por una cabeza calculadora. El mundo del corazón –los sentimientos, afectos, dudas, ternura– algo que Sade el hombre conoce (lo sabemos por su correspondencia), no comparece en la obra del escritor, no está convocado a la ficción que construye el autor. La cabeza programa con frialdad y precisión las actividades del cuerpo, decreta y dispone el lugar de cada cual en la orgía, la sucesión de actos a realizar, las posturas, engarces y la cantidad de goce de cada cuerpo. Las novelas de Sade consisten en una sucesión continua y reiterada de disertaciones filosóficas y orgías; relatar no es para Sade hacer madurar una historia y llevarla a su desenlace, sino yuxtaponer con insistencia pensamientos y sexo. No hay trama apenas, ni efectos dramáticos, ni secreto, ni misterio, y los finales son tan arbitrarios como cualquier secuencia. Los personajes, que cuando no copulan especulan y viceversa, carecen de interioridad y perfil psicológico, son pretextos, no son sujetos y ni siquiera cuerpos: son órganos, carne intercambiable, tanto los libertinos como sus víctimas, y la acción consiste en órganos que se conectan, piezas de máquina que se engranan de modos muchas veces inverosímiles, fuera de toda la realidad. Sade compone cuadros eróticos, coreografía sexual, algo así como grupos escultóricos barrocos abigarrados en que los cuerpos no pueden humanamente hacer lo que él los pone a hacer: la complicación de las combinaciones, las contorsiones de los participantes, la dedicación de los gozadores, la resistencia de las víctimas, todo exigiría una naturaleza sobrehumana.

Lo que sucede es lo que los cuerpos hacen y siempre referido al placer. Los cuerpos se flagelan, se penetran, se maltratan, se mutilan, orgasman, vomitan, aúllan, orinan, lloran, gritan, comen, blasfeman, defecan, hacen estas cosas, las ven hacer o las hacen mientras las ven hacer. Y además, escuchan. El oído es un importantísimo órgano del cuerpo libertino.

 

Friedrich Nietzsche “De los despreciadores del cuerpo”

 

Cuerpo soy yo íntegramente, y ninguna otra cosa; y alma es sólo una palabra para designar algo en el cuerpo.

Instrumento de tu cuerpo es también tu pequeña razón, a la que llamas

«espíritu», un pequeño instrumento y un pequeño juguete de tu gran

razón.

Dices «yo» y estás orgulloso de esa palabra. Pero esa cosa más grande

aún, en la que tú no quieres creer, – tu cuerpo y su gran razón: ésa

no dice yo, pero hace yo.

Detrás de tus pensamientos y sentimientos, hermano mío, se encuentra

un soberano poderoso, un sabio desconocido – llamase sí-mismo. En tu

cuerpo habita, es tu cuerpo.

Hay mas razón en tu cuerpo que en tu mejor sabiduría. ¿Y quién sabe

para qué necesita tu cuerpo precisamente tu mejor sabiduría?

¡Yo no voy por vuestro camino, depredadores del cuerpo! ¡Vosotros no

sois para mí puentes hacía el superhombre! –

 

Nietzsche opuesto a la idea de Platón, cuerpo-mente, cuadriga.

 

Nietzsche sostiene todo lo contrario en este punto: los sentidos no nos engañan al remitir al cuerpo, los sentidos no engañan nunca. El cuerpo no es un tópico ni un prejuicio, al menos no en el sentido corriente, aunque sí en el literal: es lo que está antes del juicio (resultado de la razón) y en la base del Juicio (capacidad de razonar). El cuerpo es la base de todo juicio y de la llamada “razón”, pero entonces esta razón no es ya “razón” en el sentido tradicional, sino que ha de ser una gran razón, ha de ser razón sensible, y sus ideas serán “ideas sensibles”, valga la paradoja.

 

Ese yo‑sustancia no llega a comprender que el cuerpo es el yo más propio y fuente de esa gran razón que “no dice yo, pero hace yo” [AHZ, 60]. Por tanto, se diría que según Nietzsche no se trata de primar ningún polo (a no ser de modo preparatorio y a menudo irónico) de los anteriores dualismos, sino de pensar la tensión entre ambos términos (igual que en la confrontación de lo apolíneo y lo dionisíaco), pues en esa tensión reside para él la fuente del pensamiento creador.

 

Michael Foucault

 

El alma, efecto e instrumento de una anatomía política; el alma, prisión del cuerpo…

La definición de Cuerpo que da el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española es Aquello que tiene extensión limitada y que es perceptible por los sentidos. Es obvio que se trata de una definición neutra, objetiva, y que, por tanto, que intenta ser claro para el mayor número de personas.

No obstante en un acercamiento a Michel Foucault podemos ver que todo conocimiento o saber que se pretende neutro u objetivo esta sostenido y posibilitado por prácticas y relaciones de poder que se encuentran articuladas en un determinado dispositivo y en una determinada época histórica; y, a su vez, los saberes y conocimientos producidos dan lugar a nuevas formas y mecanismos de poder, de sujeción, de producción de los individuos que están inmersos en un complejo campo social.

De ahí que el complejo entramado de relaciones de poder-saber dio pio a la noción de “alma” como objeto sobre el cual se organizan las prácticas punitivas a fin de corregir. El alma no es sólo un efecto ideológico, es más bien una realidad producida en torno y al interior del cuerpo por el funcionamiento del poder que castiga. El alma articula los efectos de un tipo de poder y un saber:

Realidad histórica de esa alma, que a diferencia de la representada por la teología cristiana, no nace culpable ni castigable, sino que nace más bien de procedimientos de castigo, de vigilancia, de pena y de coacción. El alma real e incorpórea no es en absoluto sustancia; es el elemento en el que se articulan los efectos de determinado tipo de poder y la referencia de un saber, el engranaje por medio del cual las relaciones de saber dan lugar a un saber posible, y el saber prolonga y refuerza los efectos del poder.[14] VIGILAR Y CASTIGAR DE MICHEL FOUCAULT [14] Cfr. Ibíd. p. 27-28

….

En primer lugar que el cuerpo sea algo perceptible por los sentidos es algo obvio, pero lo que no se muestra tan pronto a los sentidos es la manera y el contexto complejo de determinaciones que nos no lo presentan como un cuerpo normal, un cuerpo normalizado. Estamos acostumbrados a ver el cuerpo de manera espontánea sin prestar atención al conjunto de relaciones de poder y saber que así nos lo presentan, lo que apreciamos espontáneamente con los sentidos es un cuerpo dócil, disciplinado, encauzado por el conjunto de instituciones que la sociedad erige, y sólo cuando observamos cuerpos fuera de esta normalidad efectivamente pensamos que son cuerpos anormales, desviados. Pero lo que se nos pasa por alto es que la normalidad de los cuerpos es algo que es instituido e impuesto, la normalidad no es algo natural o espontaneo.

El cuerpo tampoco es algo neutro e indiferente a los fenómenos sociales, sino que es precisamente, en su extensión, el elemento privilegiado de las acciones de poder: el cuerpo se encierra en un determinado espacio, se le distribuye de diversas maneras, se le acostumbra a determinadas reacciones, se le coacciona, y se le pide que dé respuestas que legitimen ciertas prácticas basadas en un conocimiento.

El cuerpo está a la base de los discursos científicos y jurídicos que defienden un “alma” en el cuerpo, alma que no es otra cosa que la reduplicación del sometimiento del cuerpo, el alma es la manera y el efecto en que el cuerpo es investido por relaciones de poder.

En última instancia el cuerpo es el objeto, el objetivo de las relaciones de poder. El poder dispone los cuerpos de una u otra manera según convenga a ciertos intereses.

Cuerpo y Poder: Una reseña de “Vigilar y castigar” de Michel Foucault desde el tema del cuerpo

CUERPO Y PODER: UNA RESEÑA  DE VIGILAR Y CASTIGAR DE MICHEL FOUCAULT DESDE EL TEMA DEL CUERPO, Agustín Nava Cozatl